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“ Cada vez que abráis un libro, pensad que representa el trabajo laborioso de un hombre. Ese hombre, para escribirlo, tuvo que estudiar años y años. Tuvo que estudiar en otros libros y también en la vida”.
Pedro Blomberg.

“Quien me tienda su mano sabrá de qué sabor es la nostalgia. Padezco de una rara enfermedad : escribo para no morir”.
ALFREDO HERRERA
(Poeta puneño)
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Seudónimo de Víctor Enríquez Saavedra)
CORRIENTE LIT.:        Indigenismo
MOV. O GRUPO :          Orkopata
MICROBIOGRAFIA.-   Nació en Puno en 1900 y murió en Arequipa en 1977 huérfano de padres a muy tierna edad, creció junto a su abuela materna, donde la misma lo crió en un ambiente de moral rígida y buenas costumbres, como la anciana era cristiana, se sabia de memoria la historia de los Santos, esmeradamente de Cristo, los Apóstoles, San Francisco de Asís, Santa Rosa de Lima, cuyas vidas consagradas al bien de la humanidad, le relataba noche a noche, haciendo desfilar la persecución de los católicos por lo paganos, como en una pantalla cinematografía, tal vez ello haya despertado en Jaika su desmedida afición por el relato.
Jaika fue descubierto por Gamaliel Churata, el gran escritor puneño, quien a la vez fue su maestro y guía. José Carlos Mariátegui lo lanzó al mundo intelectual, publicando sus primeras narraciones en el número 18 de su prestigiosa revista “Amauta” (1928) con el sub titulo de “Relatos Aymaras”; luego aparecen sus colaboraciones en revistas selectas de la Capital de la republica como “Expresión”, “Cultura Peruana”, “ La Sierra ” “Folklore”; así como en la revista de los Institutos Americanos de Arte del Cuzco y Puno.
Las producciones de Jaika han sido transcritas en 5 antologías: En “Biblioteca de Cultura Peruana” en 12 tomos, en la que aparecen junto a Lopez Albujar, Ventura Garcia Calderon, Abraham Valdelomar, y otras valiosos firmas; en “Antología de Letras Puneñas”; en “Cuentos Peruanos para Niños”, “El Cuento Puneño”; en “El cuento Puneño”, y en “Nueva Imagen del Cuento Sur Peruano”.
Su cuento “Kasarasiri” de Jaika, ha sido traducido al Alemán por Rudulf Kaltofen y publicado en Berlin.
Puede clasificarse a Jaika dentro de la vanguardia indigenista en el Perú, su cuento y relato siempre trata del campo, la vida rural, la pampa, la puna, el lago, el frío, con un estilo simple y popular; fue parte del mayor movimiento literario y artístico del Altiplano Peruano, el “Grupo Orkopata”; Mateo Jaika falleció el 4 de Setiembre de 1977 en la ciudad de Arequipa.
            OBRAS:
                        EN PROSA
GENERO NARRATIVO
CUENTOS
-          "Cuentos cholos ( Puno, 1965)
-          "Kancharani" (Lima, 1969)
-           "Kasarasiri" (Berlín, 1965 traducido al alemán    por Rudulf katofen)
-          "Relatos Aymaras"                

                                                        LOS PESCADORES DEL TITICACA
                                                                        (FRAGMENTO)

Este sucede en uno de los veranos de la meseta del Titikaka.
Por el borde de las chacras floridas y los abales perfumados, los mozos y mozas de la comarca, batiendo al aire sus banderas peruanas y wichiwichis floreados, bailaban cantando la alegre wifala al son de la música alegre de sus charangos. Esta fiesta la ofrecen los indígenas en los días siguientes al carnaval, época en toda la meseta, gris, árida y silenciosa, se torna verduzca, florida, rumorosa y perfumada: época en que el cielo, perennemente pardo se deshace en lluviecitas con sol y cambia en azúl turquí; época en que los arroyos, las vertientes, los manantiales y las olas cantan con más alegría, los pajarillos y los totorales.



El viejo Timoteo enfiló las bogas en una lata que luego colocó sobre unas piedras que hacía de fogón improvisado, donde embutió cuanta charamusca encontró a mano. Al comienzo una humareda espesa lo asfixiaba pero después le llenó de contento una llama viva chisporroteante, clara y el agradable olor a pescado que se asa en ese olor a frituras que el viento colecta se impregna en el espacio.

Al atardecer las nubes iban haciéndose más espesas y los chorlitos se cruzaban en bandadas. Cuando el vientecillo que anuncia tormentas corría por la pampa, los cerros y el lago, volvieron la anciana y los chiquillos con sus rebaños, que fueron apresuradamente a encerrarlos en los corralones. Apenas llegaron a la cabaña se asomaron al asado y se pusieron a saborearlo. La viejecita, después de embutirse un bocado se dirigió a la cocina. Los chiquillos y el viejo al ver que arreciaba más el viento y que se aproximaba la tormenta, se apresuraron a recoger y a guardar todas sus cosas en las habitaciones. Poco después se embozaron con sus ponchos y sus bufandas.

El lago se puso furioso, cambió de color y arrojaba a su orilla copos de espuma. Las gaviotas, que revoloteaban capeando las olas de improviso descendían para hacerse mecer por ellas. Los patos y las wallatas, por parejas, apresuradamente volaban hacia occidente y parvadas de pajaritos también volaban luchando contra el viento.

Cuando ya todo se hallaba lóbrego y sólo los lejanos relámpagos iluminaban intermitentemente el espacio, sopló con más furia el viento y los truenos hicieron temblar la tierra, comenzó una lluviecita menuda, cantarina; después se deshicieron nuevamente las nubes en chaparrones.

A esa hora de borrasca, en que parece que a todo el orbe conmueve un cataclismo, una lechuza comenzó a aletear y graznar en la puerta de la vivienda. De los ancianos que velaban, el viejo salió a atisbar. Volvió lleno de estupor y dijo a la anciana.
La lechuza ha graznado en nuestra puerta. Mala señal, mal aguero!. La aludida, contestó:

¡Ay! Dios mío que será.

Y ambos tuvieron la evidencia de una tragedia.

Y así fue, aunque parezca mentira. En los días siguientes comenzaron a enfermarse los chiquillos. El dolor de cabeza, el estómago. Las calenturas los tiró en cama uno tras otro. Los viejos no sabían con qué sanarlos. El curandero del ayllu recetó pegarles a las plantas de los pies, papeles untados con clara de huevo, darles cocimiento de ñuycho, ponerles hojas frescas de llanten a las axilas, bañarlos con orines frescos..... Todo lo pusieron, más sin resultado alguno. Los muchachos se asaban lanzando ayes que desgarraban el alma. Tenían los labios secos y las barriguitas hinchadas con manchas moradas. Los abuelos se pasaban todas las noches en vela, y transidos de dolor, sólo atinaban a interrogarse:
¿Que tendrán?. ¿Qué hacer?. ¿Qué ponerles?. ¿Pero qué ?. Las preguntas no tenían respuesta ni el alivio daba esperanza.
Finalmente apelaron a los rezos y los zahumerios; pero nada, nada.
Todo era inútil y quizás debido a su fatal ignorancia, los remedios que les daban; acentuaban más la fiebre que los consumía.

Un día se murió el menorcito, le siguió otro, y así fueron desfilando todos los chiquitos a la apacheta, envueltos en unos jergones con coronitas de papel blanco y crucesitas labradas en madera bruta.
Después de la muerte de sus hijos, les quedaban el consuelo de sus nietecitos, esos majjtitos rechonchos, vivarachos y traviesos.



Pero ahora que se han muerto, que quedaba?. Ya no les quedaba nada en la vida. Todo les resultaba innecesario: la buena cosecha, la abundante pesca, la pródiga parición del ganado, el consuelo de su perro, el maullar del gato, la alegría del verano y toda la maravilla lacustre que otra constituían su encanto. Las frases consoladoras de su compañera, tampoco tenían ya esa paz saludable de otros días, ni sus ojos esa sensibilidad aguda para escucharla.

Nó a mucho cayo la compañera de toda su vida; esa naturaleza desgastada había de resistir menor aún que la de los chiquillos.
Con ese golpe más el pobre viejo perdió el sentido y la conciencia de la vida; caminaba como un autómata y cuando dejaba de hacerlo se inmovilizaba como los monolitos. Enmudeció para siempre la comida, la sabia amarga, el agua del manantial se le ofrecía como hiel, el sol le resultaba quemante y la luna sin poesía y aunque el lago en la brisa mañadera, le envíaba algún consuelo, él lo veía negro, negro como el hollín de su cocina.

Este viejo, perteneciente a la raza de bronce, después de una larga y conmovedora agonía dejó de existir, sus amigos, envueltos en unos pobres jergones lo sepultaron en una cumbre, dejándole como recuerdo una cruz de irus.

Hoy sólo el viento lamenta su MUERTE, y en las noches se lamenta más quejumbroso aún; tiene razón, porque en la cabaña, que antes era un nido de amor y de consuelo, hoy no existe, sino un montón de piedras, terrón y totora.